Llegaste a mí en el ferrocarril de un Tango, una madrugada de relojes amnésicos. No se muy bien quien eres ni el por qué, pero bailar no le hace mal a nadie.
El destino que ha devorado mi reloj también ha saboreado el abismal de una sombra cuyo nombre no recuerdo. Me ha quedado solo una carta del oráculo prendida a la frente y yo no alcanzo a recorrerla con estos ojos nómades. Yo sé que tú puedes mirarla. Cuentame lo que vés desde la ingravidez de tus besos / versos. Declara una galaxia aun cuando grite la extinción de los asombros Cógeme fuerte ante el cielo así yo sobre ti cierro los ojos y olvido todo, todo, todo...
Que la vida hierva hasta un rojo intenso entre tu aroma, mis caricias y aquella risa compartida que maulla en mi memoria. Mil rodajas de tu anhelo que abandona su naranjo y se funde con el cielo cuando se anuncia tormenta.
Ahora nutre al torbellino, una secuencia maderera: La corteza de tu alma y de mis sueños, cada beta.
El frío es inmolado, mientras endulzamos toda duda, y es un mito cada herida si lamemos el azucar. Los cristales se derriten y tu nombre ya es de almibar que se esparce por mis huesos y me quema dulcemente.
Me ilumina tu nombre como señal de aguacero en época de humedades extintas, en la inminente reducción del intervalo de nuestros mundos, en el silencio de dos miradas sostenidas por un efímero trance de sensaciones reservadas.
Presiento tu piel desde esta asimetría de escena y aguardo por la epifanía de un beso.